Le dieron un celular por si algún día perdía el camino a casa, le dijeron que era mucho más seguro que acudir a la policía, y buenas razones tenían sus padres para decir eso, claro está, pero siendo los móviles como son ahora, tan excesivos en cuanto a funciones, Nila lo usó para cualquier cosa menos para hacer llamadas. En cualquier momento estaba con los juegos, las aplicaciones, el Internet, la música, tanto en el recreo como en la hora de clase, llegando a convertirse en una verdadera molestia para sus maestros, quienes ya estaban hartos de tener que quitarle el dichoso aparato cada vez que interrumpía el dictado con un meloso ringtone de Justin Biever.
“No debieron darle esa cosa infernal” recriminó la directora a sus padres en una reunión. “La tecnología a manos de una mente inmadura es sólo un juguete”.
Y Nila tenía unas inmensas ganas de jugar. Había pensado que volar en avión sería emocionante y divertido, pero nada más allá de la realidad: después de la euforia del despegue, el resto fue como ir en bus. Ni siquiera les pusieron una película, pasaron la comida, tendieron las frazadas y fin, se acabó, a dormir hasta alcanzar a ver las bellas playas de Costa Rica. Porque por ahora no veía nada en la ventana. Le había suplicado a su padre que cambiaran de asiento creyendo que vería a la gente chiquitita desde arriba, que pasarían junto a los edificios más altos de la ciudad, que podría sacar la mano por la ventana para acariciar a alguna ave en pleno vuelo… y nada, oscuridad tras oscuridad, no parecía que se movieran.
―Qué aburrido ―susurró.
Quería jugar. Debía jugar. El espíritu gamer la acechaba.
Mamá estaba dormida en el asiento de al lado y papá roncaba como un tren más allá. No la verían. Lentamente le arranco la cabeza a su oso de peluche y extrajo dentro del relleno a su tan apreciado celular. Nila era pequeña, no tonta. Cuando sus padres volvieron de hablar con la directora, ella ya estaba frente a la puerta poniendo su mejor cara de tristeza para anunciarles que, por esas cosas del destino, el aparato de la discordia se esfumó sin avisar, no lo tenía más en sus manitas, y ellos, como buenos padres, consolaron a la menor diciéndole “Descuida, hija, te compraremos otro dentro de un tiempo, cuando seas más responsable”.
Puso un dedo sobre la salida de audio y ni bien encendió la pantalla encontró algo muy, muy, muy extraño. Un mensaje. Un mensaje que no era de la compañía telefónica para recordarle que le pusiera saldo a su equipo, realmente fuera de lo común. Y aunque no conocía a nadie llamado FRIKISIX, el nombre le pareció gracioso, así que accedió.
DE FRIKISIX:
hELlOoooo!!! vEraZN o Agoo EzT My Amnudo
tOnz keRiAD EziR Kno S nA psONakl
NoosVErmOs aYYariVa Lgun DAy mPoDras RKlamAr
ByE aMix
Dulce sueños.
Fernando Rivas Sexto.
No hace falta decir que sólo entendió las dos últimas líneas. Y eso no quiere decir que comprendiera su significado. Tampoco le importó conocerlo. Salió de la zona de mensajes y entró en la de juegos, urgida de satisfacer necesidades, tanto que se le olvidó apagar el sonido.
—Nila ¿Qué estás haciendo?
Mamá había despertado. La encontró in fraganti tratando de pasar el sexto de nivel de Mafia 3. Y se quedó de piedra. Los ojos abiertos. Ni siquiera los cerró cuando el ala izquierda del Boeing 747 de carga chocó contra el avión comercial de Nila partiéndolo en dos, ella estaba lo suficientemente consciente como para ver a sus padres siendo expulsados al vacío por la despresurización, y siguió así cuando ella misma fue arrojada, demasiado despierta para su propio gusto en el momento en que la explosión de los dos aviones la hizo caer todavía más rápido a la fría oscuridad de una nada infinita, y seguía teniendo los ojos abiertos cuando su pequeño cuerpo se estrelló contra el mar caribeño con la misma fuerza con la que una bala se estamparía en un muro de piedra si fuera disparada a veinte centímetros de distancia, y con los mismos resultados.
De ella no se encontró ni un rastro, al igual que los demás pasajeros de ambos vuelos, ya sea porque estallaron, se desintegraron al caer o se los comieron los tiburones, nadie nunca volvió a saber de ellos; de los aviones sí, encontraron sus partes por aquí y por allá, fierros retorcidos, asientos molidos, azafatas chamuscadas, etc., incluso encontrando las cajas negras, y se hubiese requerido una gran investigación para saber qué demonios pasó allá arriba, y luego mucho papeleo en los tribunales, indemnizaciones a los familiares, explicaciones a la prensa, un completo caos evitado por la rápida acción de los dueños de las aerolíneas involucradas, quienes decidieron sacar esos escombros del mar, echarles tierra en algún lugar del desierto de Arizona y nunca jamás volver a hablar del tema, dejando el resto a los medios de comunicación, expertos en esto de darle respuesta a los más grandes misterios de la vida.
FENIX_G14 says: eres un imbécil
No debías darle tu nombre
FRIKISIX says: era unaniña
En realidad no le importaba. Le daba igual que alguien se quedara con su nombre, que al fin y al cabo, tampoco era el suyo, Andrés Palacios era otro de tantos nombres falsos que había creado para abrir cuentas en bancos suizos y así ayudar a sus amigos empresarios a manejar mejor el sector económico (evasión de impuestos, lavado de dinero, compra y venta de armas, cosas por ese estilo). Y tampoco le importaba que otro fuera a la cárcel por sus crímenes (“Una cadena perpetua menos” pensó y siguió viendo las noticias durante el almuerzo). Lo que de verdad le molestaba era que…
―Se llevó el dinero.
Exacto.
Al principio creyó que era una estrategia de la DEA, que estaban tan cansados de buscarlo que simplemente tomaron a un criminal de segunda y lo obligaron a declararse “El contador de la droga”, pero luego al querer acceder a la cuenta de Andrés Palacios, la que creó exclusivamente para encubrir al Cartel de Santa, no pudo, la contraseña no era la correcta. Llamó al banco a quejarse y maldecir en su mejor sueco, les dijo que alguien le había cambiado la clave sin permiso y les dio su número de identificación para probar quien era, y entonces comprendió que no era la contraseña la que había cambiado, era él, lo habían cambiado a él. Según su número, ya no era un asesor de negocios internacionales, era un trabajador independiente sin ningún tipo de crédito bancario, de casi el doble de su edad, con una hija, una esposa y una humilde casa en los suburbios a punto de ser embargada por el Estado, era el padre de Karen, para ser más exactos. Y los del banco le advirtieron que si seguía haciéndose pasar por Andrés Palacios le echarían a la Interpol encima. Consternado, usó sus otros siete nombres para ingresar a sus otras siete cuentas, y aunque esta vez sí pudo, la alegría sólo duró hasta darse cuenta de que en ellas no había ni un poco de dinero. Más de quinientos millones de dólares en total, transferidos casi en simultáneo a la cuenta de Andrés Palacios, según su historial de movimientos. Más de quinientas millones de razones para estar muerto. ¿A quién acudir entonces? ¿A la policía?
―Yo… encontraré la forma, se lo prometo, confíe en mí, sabe que yo nunca…
La voz al otro lado del teléfono no lo dejó continuar más con sus excusas.
―Escúchame, Andrés, o quien seas ahora, si estás tratando de hacernos una jugada…
―No, no es eso ―apretó tanto el teléfono que hizo crujir las uniones del plástico.
―Tienes hasta mañana a las diez de la mañana. Quiero mi dinero dentro de una maleta o tendrás tu cabeza dentro de una bolsa. Conmigo nadie…
Se cortó.
La línea estaba muerta, era lo único que faltaba. Desde que salió la noticia de su supuesta captura, los servicios a nombre de Andrés Palacios se fueron cancelando consecutivamente, la electricidad, el agua, el gas, Direct TV, Internet, ya no tenía nada. Ni siquiera amigos. Nadie se había tomado la molestia de llamarlo para saber si era él quien estaba preso, sólo un policía preguntándole por una hija que no tenía y el jefe del Cartel por cuestiones de negocios.
―Cuando el barco se hunde… ―susurró y se sentó sobre el sofá de cuero blanco frente a la ventana para admirar el paisaje, la horrenda vista de un mar movido por la tormenta.
No era él quien se hundía, podía verlo ahí, era la ciudad, el país entero, todo se estaba sumergiendo en la oscuridad. Y a él también, no le quedaba otra opción más que huir como una rata, tal vez volver a su tierra natal, a usar su viejo nombre, quizás de esa forma el Cartel de Santa no lo encontraría ni le prendería fuego atado a un árbol.
Sacudió el polvo de su saco. Era demasiado difícil andar vestido de blanco, pero era su color favorito, y muchas decían que resaltaba sus ojos. Le gustaba eso, la dificultad de las cosas. Siempre había tenido claro lo que quería, y no le importaba dejar parte de su vida para conseguirlo, sacrificarse a sí mismo o sacrificar a alguien más. Todo aquello que lo rodeaba, él se lo había ganado, y estaba muy orgulloso de poder decirles eso a sus cinco esposas y sus cinco hijos, claro está, sin que ninguno se entere de la existencia del otro. Pero muy pronto el hijo de Andrés Palacios vendría de la escuela junto a su madre y él tendría que darle la mala noticia de que su padre ya no era su padre, y que de hecho nunca lo fue, que ellos sólo eran la familia número tres de la identidad número seis, eso si no se decidía a irse sin decir nada y dejar que El Cartel vendiera sus órganos como venganza.
Limpió el sudor de la frente.
No sabía qué hacer. Estaba dispuesto a correr los riesgos necesarios para poder mantener la vida que soñó, faltaba una buena propuesta.
Y esa propuesta estaba a punto de alcanzarlo.
―CERO UNO SIETE CINCO CUATRO DOS DOS NUEVE SEIS
Reconoció ese número, difícilmente se le olvidaban, lo que no pudo identificar fue la voz, no era humana, era la voz de una máquina tratando de parecer humana.
―CERO UNO SIETE CINCO…
Su número de identidad, el real, con el que salió de su pueblo, alguien, algo, lo estaba repitiendo desde su dormitorio. Sacó el revólver que tenía escondido dentro de un botiquín de primeros auxilios y siguió adelante, a pasos lentos. En sus años tratando con gente de la mala vida había visto cosas desagradables. Por algún motivo, esos dementes creían que debían comportarse “de acuerdo a su estilo”; bueno, lo que ellos suponían que era su estilo, con esas camisas floreadas, los autos extravagantes y pistolas bañadas en oro, una mala copia de Cara Cortada; y siguiendo ese “estilo” pocas veces le mandaban recados como gente común, preferían destripar a un perro y colgarlo frente a su puerta con un cartel que dijera “mañana a las nueve” y cosas así. Todavía recordaba la última vez que hicieron estallar su yate sólo para recordarle que al día siguiente tenían una junta. Por eso no tenía demasiadas ganas de saber lo que le esperaba detrás de esa puerta: si el Cartel estaba molesto, esta vez de seguro mandarían a volar toda la casa.
― CERO UNO SIETE…
―¡Sal de ahí! ―gritó abriendo la puerta de una patada y levantando el arma dispuesto a disparar.
Pero lo que tenía en la mira era su laptop. Encendida. No recordaba haberla dejado así. Menos con ese horrendo protector de pantalla de V for Vendetta.
―POR FIN ―dijo V.
Él giró hacia atrás todavía con el arma en alto, convencido de que algún cubano loco saltaría de las sombras con un machete en las manos. No había nadie.
―AQUÍ AMIGO.
Era la máquina, lo que estaba dentro de ella, esa máscara blanca de bigotes negros movía sus computarizados labios para dejar salir esa extraña voz carente de emociones.
―DISCULPA LA TRADUCCION VIRTUAL. NO SÉ DE TU IDIOMA. TE LLAMO EN NOMBRE DE TRIPLE S.
”Solid State Society”. Una pieza del rompecabezas caía dejando entrever su trágico mensaje.
―Sabia que eran ustedes ―dijo soltando el revólver en la cama.― ¿Entonces se acabó?
―TÚ NO ERES EL ELEGIDO. ERES UN DAÑO COLATERAL. QUE PUEDE SER REMEDIADO. SI ESTÁS DISPUESTO A CORRER LOS RIESGOS.
Era lo único que necesitaba oír para lanzarse a los figurativos pies de esa entidad omnipresente. La leyenda de los océanos virtuales, la pesadilla del Pentágono, le tendía la mano. No podía negarse.
―¿A quién tengo que matar?
W4RM1N says: 3$ ɱ10
―No tiene por qué sentirse mal, esto lo he visto cientos de veces, los criminales más buscados siempre caen por las razones más tontas ¿Ha escuchado de El Carnicero de Tromaville?
El padre de Karen no respondió. Y no es porque no tuviera nada que decirle a ese viejo policía, es que en verdad no le importaba. Créeme, después de pasar horas con los testículos conectados a cables de alta tensión y un grupo de uniformados atosigándote con preguntas que no puedes responder, no quedan muchas cosas en el mundo que puedan llegar a interesarte. El padre de Karen estaba moral, digna y metafóricamente muerto, callado, esposado, y sentado en la parte trasera de una patrulla policial, a la espera de que su chofer lo lleve a un nuevo calabozo donde muy probablemente le esperaría otra ronda de voltaje púbico.
―Ya veo que no.
¿Y qué mejor auditorio para Charlie, el viejo Charlie el charlatán, el tipo que hablaba hasta con las piedras? Aprovechó el primer cruce de avenidas que encontró, se cuadró bien en medio de la caravana de autos oficiales y en lo que el semáforo les daba permiso y el limpiaparabrisas se tragaba las lágrimas del cielo negro, giró hacia su traumatizado acompañante y mirándolo a través de la reja metálica que los separaba, terminó su inevitable relato.
―Un profesor, casi su misma edad debía tener, trabajaba en una escuela estatal por una miseria de sueldo, pero decía que era por los niños, que le encantaban los niños. Seguro que sí. Debió haber violado unos catorce en toda su carrera criminal. Y lo más enfermo era que no lo hacía mientras estaban vivos, los mataba primero, luego sodomizaba los cadáveres, y más tarde los hacía picadillo con un machete y se los enviaba a sus padres dentro de una caja de regalo. Once meses persiguiendo a esa bestia, once meses de cajas sangrantes y madres queriendo suicidarse, y a nadie se le ocurría desconfiar de ese profe que parecía tan buena gente, hasta que un día al desgraciado se le ocurre prepararse un café en la noche, deja el agua hirviendo, sale a comprar unos panes y cuando vuelve su casa está rodeada de bomberos y policías. Su cocina se había incendiado. Los bomberos entraron a revisar si había algún herido. No encontraron ninguno, purito muerto. Ahí mismo sobre la mesa, al lado de las legumbres, el tórax de un niño que no pasaba de los seis años. Se jodió el maestrito. Por querer tomarse un café. Y usted… ja… ¿Cómo se le ocurrió transferir todo su dinero a una misma cuenta en un mismo día?
[ASIMOV NANOSATELITAL XVIII]
[UNAUTHORIZED ACCESS]
FILE E:\\\GPS_15693.EXE
Es curioso que mientras en esa esquina, Charlie el charlatán no se callaba, en el otro extremo de la ciudad, Billy el mudo seguía tan mudo como el día en que decidió dejar de hablar porque consideró que no había nadie en el mundo con quien tener una conversación inteligente. Sí, era pura convicción y mala vibra ese tío, y a pesar de ello, el haber conducido su camión por el desierto durante toda la madrugada, cargando un conteiner lleno de insumos químicos para pintura e inmigrantes ilegales, le estaba cobrando el precio; tenía sueño, se le resbalaba la peluda quijada sobre su todavía más peluda panza justo en el momento en que entraba a la ciudad, donde se supone que debía estar más despierto para cuidar que ninguna de las ocho ruedas que manejaba terminen decorando la cabeza de alguna anciana. Y se dormía… dormía… dormía…
―Billy Boy, Billy Boy, contesta. Digo, escucha ―la voz del administrador hablándole por la radio lo despertó a tiempo para girar antes de golpear una farmacia― Se ha bloqueado la avenida Sáenz Peña, usa el atajo de la abuela ¿Entendiste? Usa el atajo de la abuela. Cambio y fuera.
Billy respondió. Respondió con la cabeza, algo no muy transmisible por ondas de radio, pero respondió, y siguió la orden, dejó la avenida principal para adentrarse por la zona residencial. Oficialmente era ilegal usar vehículos pesados por ahí, pero a quien le importe que llame a la policía.
Y hablando de policías, por otra de esas casualidades de la vida, Charlie el charlatán estaba recibiendo esa misma orden en ese mismo momento, aunque con distintas palabras.
―Charlie man, hay que dar vuelta a la derecha. Change.
―¿Qué? ―preguntó el policía sosteniendo la radio con una mano y el volante con la otra― ¿Y eso por qué?
―SI tu troncomovil tuviera GPS no preguntarías eso ―la risa del agente causó un horrendo estruendo en los parlantes―. La avenida Sáenz Peña está cerrada. Cambio y fuera, my friend.
Charlie podría ser muy hablador y amiguero, pero en serio le caían mal esos agentes de la DEA, se creían mucho con sus autos negros recién salidos de fábrica y sus vidrios polarizados, se paseaban de aquí a allá con su acento extranjero, pisoteando cualquier jurisdicción, poniéndoles apodos a todo el mundo y divirtiéndose señalando lo retrasados que estaban los policías nacionales en comparación con otros países con los que ellos habían colaborado. Ni siquiera se les bajaron los humos cuando una de sus agentes falleció tratando de arrestar a Andrés Palacios encubierta y sin apoyo. Los muy hipócritas dijeron que así trabajaban ellos, que con uno era suficiente, como si no fuera obvio que querían arrestar a ese tipo a escondidas para saquearle sus cuentas antes de enviarlo a juicio. Suerte que un alma solidaria publicó la ubicación del criminal en la web de la fiscalía e hizo que todos tuvieran la oportunidad de luchar por el triunfo. El SAT se había ganado el derecho de exprimir al cerdo con justicia, según Charlie, no por nada eran considerados la fuerza de ataque más salvaje del continente. Pero otra vez, ahí estaban los gringos y sus demandas, presentaron una torre de documentos que superaba los dos metros y amenazaron con llevarse al equipo entero del SAT a Guantánamo si no les entregaban al detenido. En ese mismo instante se lo estaban llevando a sus cuarteles.
En serio, Charlie odiaba la DEA, y odiaba que le dijeran Charlie man.
[ASIMOV NANOSATELITAL XVIII]
LOCATION: JAPAN/NAGOYA/MITSUBISHICENTRAL
[UNAUTHORIZED ACCESS]
SEARCH: PROTOCOL 09-XT
LOADING…
Y Billy el mudo odiaba ese maldito atajo, era deprimente, un barrio repleto de ancianos que pasaban el día sentados en una silla frente al patio de sus casa viendo cómo la poca vida que les quedaba se iba de largo. Claro que ahora por la lluvia todos estaban refugiados en sus hogares, a la merced de enfermeras particulares de más de ochenta kilos o, en el peor de los casos, a la merced de sus propios hijos, aquellos que esperaban impacientes el día en que pudieran cobrar la herencia. Billy los sentía ahí, en los agujeros oscuros de algunas cortinas levantadas, acechando, vigilando sus movimientos, esos ojos muertos… Se abofeteó la cara para despertar y se prometió a sí mismo nunca ser como ellos, nunca quedarse en casa a esperar la muerte, viviría sobre ruedas para siempre, sin importar que nadie lo acompañe en el camino. E inspirado por dicha epifanía, apretó el acelerador para salir lo más rápido posible de ese oscuro valle donde no crecían más esperanzas.
[ANTI-THEFT DEVICE]
PLATE: 629-V-LA
MODEL: RIVER SR71
[ENTER]
Hacía tres cuadras que intercambiaba su atención entre el auto de la DEA que tenía adelante y la momia que llevaba atrás. Era extraño. Charlie había pasado la mayor parte de su vida policial llevando criminales de un lado a otro, y en esos viajes la mayoría se la pasaba gritando inocencia, prometiendo venganza, riendo, llorando, haciendo algo en general, pero era la primera vez que veía un reo completamente ido. No hacía nada, sólo miraba sus manos esposadas, si es que en verdad veía algo.
―Usted es inocente ¿Cierto? ―dijo casi sin pensarlo.
Y en contra de lo que esperaba, halló una respuesta, una mirada triste que rebotó en el retrovisor, la mirada más triste que haya visto en su vida. Y supo entonces que era cierto: a ese tipo alguien lo había jodido bien sin ninguna razón.
[DISABLE SYSTEM]
YES/NO
YES
Billy no lo contó, lo escribió con un pedazo de carbón sobre un rollo de papel higiénico y luego se lo dio a su abogado designado, el cual narró los hechos delante del jurado, quienes se convirtieron en los honrosos oyentes del que quizás sea el único testimonio sincero que se haya dado alguna vez en un juicio, sin una pisca de exageración o minimización, pues a pesar de estar medio dormido y teniendo el parabrisas bañado por la lluvia, Billy había podido ver claramente cuando la caravana de autos oficiales asomó por la esquina, iban rápido, lo suficiente como para no necesitar que el acusado se detuviera a darles el paso. Entonces sucedió, el Mitsubishi negro que guiaba a los demás se detuvo intempestivamente, como si de repente se hubiera chocado contra un objeto invisible. Se detuvo, y los vehículos que lo seguían se estrellaron contra él, generando un desastre que Billy no pudo esquivar por más que apretó el freno y giró el volante. Al último auto le pasó por encima sus cuatro ruedas delanteras, quedando atrapadas la últimas cuatro en el suelo, haciendo que volcara el conteiner hacia la izquierda, sobre la vieja y pequeña patrulla de Charlie, el conocido charlatán de la policía. Dos horas más tarde, hizo falta una pala y varias pinzas para separar al policía de los fierros retorcidos de su transporte. Y de su acompañante no se dijo nada. Al igual que de la Mitsubishi. Al día siguiente del testimonio de Billy, los japoneses enviaron una docena de abogados para impedir que el nombre de su empresa vuelva a ser mencionado durante el juicio, alegando que ya se había inspeccionado los automóviles de la DEA, los cuales fueron donados por ellos a dicha agencia, y no se encontró ningún desperfecto, y que si Billy insistía en poner en duda la calidad de los productos Mitsubishi, iniciarían un juicio por difamación de veinte millones de dólares. Así que el mudo no volvió a abrir la boca. El acusado fue hallado culpable de homicidio imprudencial después de tres meses de litigio y enviado al penal de la isla Mariana, donde pasó el resto de sus días encerrado en una celda individual de tres metros de diámetro. Sin amigos, sin familia, sin dinero, nadie se quejó por las condiciones infrahumanas en las que vivía. Y él tampoco.
Nunca dijo nada.
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