La primera siempre se olvida...

—Marlon, la gorda te manda este mensaje.

Cuando Jorge puso esa hoja de papel rosado adornado con florecitas sobre mí mesa no sabía la gran locura que estaba a punto de comenzar. O que ya había comenzado. No lo sé muy bien. Ahí decía “Ayer fue una maravillosa noche, volvamos a repetirla”. Y hasta donde yo recordaba, la noche anterior había estado tratando de embriagar a Mayra en la fiesta de cumpleaños de Jorge.

[Historia Random 0012]
No hice mucho esfuerzo para encontrar a la remitente, Gloria no era un ser humano fácil de ocultar, el profesor la sentaba al fondo del salón precisamente para que no obstruyera la visión de los demás estudiantes. Nuestras miradas se cruzaron por un momento y ella me saludó con sus dedos y sus labios embarrados en el chocolate que estaba tragando. Entonces sentí una cosa fría reptar por mi espalda. “¿Maravillosa noche? La grasa ya le llegó al cerebro” me dije. Y arrugué la carta frente a su fea cara.

No pienses mal, no soy alguien que juzga a las personas por su apariencia o que se cree superior a los demás, pero en el caso de Gloria… maldición, cualquiera era superior a Gloria. No sólo estaba el hecho de que parecía un mamut preñado, también tenía problemas al hablar, no podía pronunciar más de tres letras seguidas sin balbucear, y apestaba a basura mojada. Nadie que apreciara su reputación estudiantil se acercaría a ella. La única forma en la que se podía usar su nombre era para decir cosas como “esto apesta a Gloria” o “sí, mi vida es horrenda, pero al menos no soy Gloria” y semejantes.

No quería tener esa cosa cerca dañando mi honor, y sea cual fuese el motivo de esa carta, no pensaba ahondar en ello. Y ciertamente, no fui yo quien lo hizo. Fue Jorge.

—Oye, Marlon, ¿Es cierto que te tiraste a Gloria?

Me fui de cara contra el pavimento, al igual que el resto de mi vida. Los demás que estuvieron trotando detrás de mí a la hora de educación física se quedaron mirándome con miedo, casi asco, sin ofrecerse a ayudarme. Tuve que ponerme en pie yo mismo, como siempre.

—¡Estás hablando webadas! Preferiría tirarme a un hombre, y bien peludo, antes que echarme encima ese elefante.

—Es que escuché a una de las chicas decir…

—¡Pues no les creas! Yo no tengo nada que ver con esa gorda y se acabó el asunto.

Comencé a correr de nuevo, esta vez yo solo, escapando de esas miradas de sospechas, ese pasado inexistente, y Gloria, la inmensa sombra de Gloria.

Entonces ocurrió.

—Ma-ma-ma-ma-marlon… te-te-te-te-ne-ne…

Esa era la conversación telefónica más larga que había tenido en mucho tiempo y ella ni siquiera había terminado de mencionar tres palabras. Esa llamada le iba a costar un dineral a su familia. Tal vez por eso la hizo a las tres de la mañana.

—¿Sabes? Mejor me envíame un mensaje de texto, un correo, señales de humo, lo que quieras, ¡Pero déjame dormir, maldita gorda!

Y aunque a la mañana siguiente lo lamenté bastante, aventé el celular contra la pared. No volvió a sonar.

Entonces ocurrió de nuevo. Pero peor. Acompañado por una cachetada.

—¡Qué decepción, Marlon! —me gritó Mayra después del golpe.

Y yo que había estado de lo más tranquilo sentado sobre las escaleras a la hora del recreo.

—¿Por qué? —Pregunté tocándome la parte afectada— ¿Yo qué hice?

—Usar a una mujer de esa manera… ¡No vuelvas a hablarme!

Dándome una mirada de desprecio que dolió más que la cachetada, se dirigió al salón de clases, y yo la seguí, por supuesto, no la iba a dejar ir así de fácil, no a la chica que durante tanto tiempo había perseguid como un lobo a un conejo. Abrí la puerta del salón de una patada y entré hecho un verdadero hombre, erguido todo lo que mi columna permitía y con los puños bien cerrados para callar a cualquiera que estuviese mancillando mi nombre, sólo para encontrarme con una escena que nunca me hubiese imaginado. Ahí estaba la gorda esa, rodeada por las demás chicas del salón y algunos chismosos más, llorando desconsoladamente hasta cubrir el piso de lágrimas.

Cuando Mayra me lanzó otra mirada de reproche, supe que esto debía terminarlo de una vez.

—Tú, gorda, te espero en el último piso.

No había nada ahí, salvo unas columnas y salones en construcción desde hace años. La mayoría usaba ese lugar para drogarse o tener sexo rápido entre clases, nada de lo que estaba pensando hacer yo. Miré al cielo y estiré las manos al sol, en lo que oía esas pisadas de dinosaurio acercarse cada vez más.

—¿Qué sucede? —Dije sin voltear— ¿Cuál es tu problema? Y no me refiero a los físicos, sino a los que tienes conmigo. En serio ¿Qué quieres? No te he hablado en años y de repente me lanzas cartas, me llamas en la noche y le dices cosas raras a la gente ¿Qué te pasa?

—Ma-ma-ma-ma…

La miré de frente.

—Ya sé que vas a decir Marlon, maldita sea, apúrate con lo importante.

Lloró, sí, la hice llorar, me importa poco, a estas alturas me da igual si parezco el peor de los seres humanos.

—Yo-yo-yo-yo…

—¿Qué? —le grité tomándola de los hombros.

—¡Era virgen!

Ah, eso explica… nada.  

—¡Y a mí qué me importa si eras la Rosa de Guadalupe! —la tomé de sus inmensos brazos.

—¡Ya basta, Marlon! —Gritó Mayra saliendo detrás de una de las columnas— ¿En serio no te acuerdas de nada?

Solté a la gorda y me dirigí a la intrusa. Hacían un contraste tremendo: pasar de Gloria a Mayra era como pasar de una lluvia de ácido a un rocío vespertino. Tantos días buscando hacerla reír, tantas noches haciéndole la tarea, para que al fin aceptara salir conmigo. Y no recordaba casi nada de ese evento.

—Trataste de emborracharme por un buen rato, pero fuiste tú quien terminó así. Cuando volví del baño ya estabas besándote con Gloria. Luego se fueron juntos a ya sabes qué.

¿Eh?

—No, no, espera, yo me acordaría de eso, definitivamente me acordaría de eso. Estás mal, están mal, y voy a comprobarlo, voy a hacerme un examen médico o lo que sea que pruebe que no tuve sexo, sí, debe haber alguna forma, debe… no la hay ¿Cierto?

—No, Marlon —me dijo Mayra tomándome del hombro—. No te queda otra más que asumir tu responsabilidad.

Cierto, mi responsabilidad de hombre...

—¡Púdrete, gorda! No puedes tirarte a un ebrio en una fiesta y luego esperar a que te lleve de luna de miel en un caballo blanco, no es así como funciona el mundo, la gente fo...

Iba a continuar, pero el rodillazo que me dio Mayra en los testículos no lo permitió.

No bajé al salón en lo que quedó del día, tampoco en la tarde, ni siquiera cuando ya estaban cerrando la escuela, estuve mirando el cielo durante horas, en la misma posición en la que me habían dejado las dos. Por más que buscaba en mi mente, no sabía cómo sentirme respecto a lo que pasó, si es que pasó, y a lo que acababa de hacer, que sí pasó, desgraciadamente.

—Hola, ¿Está Gloria?

¿Por qué le estaba llamando a su casa?

—Oh, sí, pero está encerrada en su cuarto, no quiere salir.

—Está bien, sólo quiero dejarle un mensaje, por si la hace sentir mejor.

—¿Cuál es?

—También fue la primera.

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