Guachiman de sueños [Part III: The late Goodbye]

Si algo me habían enseñado los documentales de la Discovery es que para sobrevivir en la selva no hacia falta ser el animal más feroz, bastaba con aparentarlo. El uniforme militar y un buen corte de pelo hicieron que las cosas mejoraran sorprendentemente, los vecinos me saludaban con respeto, me soltaban algún billete si les hacía un encargo, incluso vecinos de otras urbanizaciones me ofrecían dinero a cambio de estacionar sus autos junto a mi caseta durante las noches

Estaba haciendo un buen negocio.

Hasta que volvió a pasar.

A un imbécil se le ocurrió sacar a pasear su computadora portátil a la luz de luna. O algo así. Se sentó en una esquina del parque y a los cinco minutos llegó una camioneta negra de lunas polarizadas de la que se bajaron cinco encapuchados.

Debo admitirlo, el webon dio pelea, se aferró a su maquina como a su vida y tuvieron pisotearlo un rato en la vereda para quitársela, y aun así de magullado se puso a corretear el vehículo por tres o cuatro cuadras. Y mientras tanto yo tocaba el silbato, como echándole porras.

Más tarde vino a visitarme uno de los dirigentes vecinales acompañado de la AACEI ("Asociación de Amas de Casa Eternamente Indignadas") y me ordenaron que si volvía a ver a esa camioneta negra, no la dejara pasar. Y pensé "Ah, claro, les pediré amablemente que se vayan a robar a otro lado y me harán caso".

Tenía que buscar consejo.

"Es por la fecha" me dijo "La gente sale con su grati y los choros están más atentos".

Si bien el sueldo de los vigilantes lo pagaban todas las familias de la urbanización, también había algunas que además de eso podían costearse una seguridad exclusiva que les vigilara la cochera y el jardín. Braulio se pasaba el día contando que a las flores de su jefa no se les faltaran ni un solo pétalo.

Fui a consultar con él porque a pesar de su irrisoria labor, no era cualquier webas que se encontraron en la calle (como yo y el resto de mis compañeros), era un verdadero vigilante,  llevaba años trabajando para una agencia de seguridad de alta reputación, y había cuidado desde bancos hasta mansiones en las zonas más exclusivas de la ciudad.

"Tú no te metas. Vas a detener un asalto ¿Y qué? Te felicitan y a la mañana siguiente regresa el choro y te da vuelta. No te metas".

Claro que no quería morirme por la miseria que me pagaban. Pero volvía a recordar el grito de la chica y la cara del weon al que le robaron su computadora y no podía evitar imaginarme a mí mismo haciendo algo, lo que sea, para ayudar.

¿Quién no quiere ser un héroe alguna vez?

Tenía el celular en altavoz y sintonizando la radio. Esquivaba las emisoras musicales, lo que quería era oír voces humanas conversando, aunque a esa hora de la madrugada solo se hablara de hierbas medicinales y chamanes que unían parejas, quería imaginar que alguien me acompañaba.

Como los jefes sabían que Hugo se la pasaba durmiendo y no podían hacer nada para evitarlo, me daban permiso para abandonar mi puesto y hacer algunas rondas. Estaba doblando la esquina cuando escuché ese alarido.

"¡VENCONCHETUMAREVEN!"

Pensé que era un vecino ebrio que se estaba peleando con algún compañero de cantina. Pero no, era un viejo harapiento gritándole a la nada:

"¡VENCONCHETUMAREVEN!"

Iba a despertar al vecindario en cualquier momento. ¿Qué podía hacer?

"¡Aquí estoy!" le dije saltando en medio de la pista. El viejo me miró sorprendido. Caminé de espaldas, sin dejar de mirarlo, y él comenzó a seguirme. Anduvimos así hasta llegar a la avenida y ahí comencé a correr, le di una vuelta a la manzana y regresé a la urbanización.

El viejo ya no estaba. Amenaza neutralizada. 

Mission Complete.

Pero nadie me felicitó. Y estaba bien. No había nada que celebrar. En algún momento en medio la ronda un choro aprovechó para casi desmantelar uno de los autos que se estaban estacionados junto a mi caseta. Por suerte yo ya me había ido cuando la dueña lo descubrió. Luis fue quien se ganó con el drama. "Pensé que se le había muerto un familiar" me dijo.

Y después de otra ronda de gritos mi negocio se fue al agua.

Era el inicio del fin. Las cosas iban empeorando cada día. Y ya ni siquiera nosotros estábamos a salvo. A Hugo le robaron su sombrilla mientras estaba en otra de sus sientas. Cuando los dirigentes le dijeron que se lo descontarían de su paga, optó por retirarse.

En su lugar entró Paco. Yo pensé "Bueno, él es medio pirañón, de seguro se manejará bien en la noche": Un grupo de pandilleros lo asaltó en su primera madrugada. No tenía mucha plata, así que lo golpearon un rato para quitarse la frustración. Y no volvió.

Ahora solo yo quedaba.

¿Cuanto tardaron en salirme los cayos? Un mes. Dos. Después ya no sentía dolor en los pies. No sentía nada. Podía cumplir mi horario completo sin tomar asiento. Y estaba de pie esa noche, viendo pasar las motos con sus cargas de comida. Y me tocaron el hombro.

"Vigilante, se están robando un carro" me dijo un hombre muy asustado. Miré hacia la esquina. Un encapuchado apuntaba con una pistola a un señor de lentes. Le pedía las llaves de su vehículo. 

"Haga algo" 

E hice lo mejor que podía hacer, lo que Braulio me dijo que hiciera.

"Emm... ¿Policía? mmm... se están robando un carro aquí en frente... ¿Dónde? Es en la avenida..."

Al terminar la llamada, ese auto ya debía estar siendo vendido por partes.

La noche siguiente, los dirigentes vecinales y la AACEI decidieron aplicar el toque de queda. Cada reja de la urbanización debía ser cerrada a las once de la noche. Les pregunté si tenían permiso para eso y me dijeron "Ya después hablaremos con la municipalidad".

Estaban atentando contra el derecho al libre tránsito y ni siquiera lo hacían ellos mismos, sino que me enviaban a mí, con media docena de cadenas y candados. A las once de la noche, abrí una de las botellas de agua y me mojé la cara. 

Respiré hondo.

Tomé mi mochila y caminé.

Caminé. 

Tomé el micro.

Llegué a casa.

Dormí.

Seguí durmiendo.

Nunca me llamaron ni me buscaron. A veces, sin querer, vuelvo a pasar por el vecindario. Ya no hay casetas ni vigilantes. Pero sí hay rejas. Para siempre cerradas.

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