Hace mucho, mucho tiempo, en la cima de una colina, existía una pequeña iglesia cristiana dirigida por un pequeño y amargado señor al que no le gustaba la navidad.
"¡La navidad es del diablo! En vez de regalarle a sus hijos esos demonios, esos pokemones, mejor inviertan en la iglesia ¡Regalen salvación para sus niños! ¡Amén, hermanos!"
Y así fue que el pequeño Carlitos tuvo que ver con tristeza cómo sus padres, fieles creyentes de Dios y la palabra de su pastor, iban arrancando las luces de colores que adornaban cada rincón de la casa, desarmaban el árbol y lo metían en una caja, y cada uno de sus regalos eran donados a la iglesia.
"¡No lo podemos permitir!" gritó pateando la pelota tan fuerte que la sacó del parque. Se acababa de enterar por el gordo Manchego que el pastor había programado una vigilia familiar para la víspera de navidad, echando abajo cualquier esperanza de una cena navideña, la única ocasión en la que comía pavo.
"¿Pero qué podemos hacer?" preguntó Manchego.
"¡Yo lo sé!" Estela saltó de la rama de un árbol y cayó junto a ellos con la gracia de una hoja movida por el viento. "¿Han visto Un Cuento de Navidad?"
"Mamá no me deja ver tele, dice que es el ojo del diablo" Manchego se sentó en el pasto, haciendo puchero.
"Yo sí la vi, en el cine" afirmó Carlitos "Es esa en la que tres fantasmas van a visitar a un anciano gruñón".
"Esa misma, campeón" Estela lo premió con un puñetazo en el estómago, y mientras veía a Carlitos retorcerse añadió "Eso es lo que haremos, haremos que el pastor vuelva a creer en la navidad y recuperaremos nuestros regalos ¡Vamos a salvar la navidad!"
"Hola" Carlitos saludó al vigilante apoyado en la puerta "Emm... somos niños cantores, venimos a cantarle al pastor... al señor Linares ¿Podemos pasar?"
El tipo los miró un rato, dio una ultima calada a su cigarrillo y dijo "Ah, sí, niños cantores, claro, claro... al pastor Linares le encanta que le canten de madrugada... Pasen, es al fondo, en la esquina, luego giren a la derecha, verán su nombre en el buzón de correo".
Se alejaron de las veredas iluminadas y caminaron por el ensombrecido asfalto. A esa hora no había muchas posibilidades de que los atropellaran.
"Bueno, eso fue sencillo" Manchego respiró aliviado.
"Todavía no te alegres, gordo" Estela se giró hacia los dos y continuó caminando de espaldas "¿Trajeron lo que les pedí?"
Ambos muchachos señalaron sus mochilas y dieron un "Sí" al unísono. A Manchego todavía le dolía algo el haber tomado cosas de su padre sin permiso "Pero si le pido perdón a Dios no hace falta que le pida perdón a mi padre ¿Cierto?". Nadie le respondió. Frente a ellos se hallaba la casa del pastor, tres pisos repletos de luces navideñas, hasta sus tres autos estacionados en el patio tenían adornos de Papa Noel y guirnaldas.
"Pero qué caraj..." Carlos no se lo podía creer.
Manchego se puso las manos en la cabeza "¿Están seguros que esta es su casa?"
.
"Solo hay una manera de comprobarlo".
Estela tomó una piedra del jardín y sin siquiera meditarlo un momento fue a reventarle los vidrios al auto que tenía más cerca. Las alarmas sonaron. Las luces en la casa se encendieron aún más. Ella ordenó "Rápido, rápido, muévanse" y los guió a una esquina oscura.
El pastor linares salió envuelto en una bata blanca, sosteniendo una escopeta de dos cañones. "¡Qué pasa aquí!". Caminó entre los autos esperando encontrar algún ladrón al volante.
"Ahora" Estela le metió un codazo en la cara a Carlitos y corrió hacia la puerta. Manchego la siguió y Carlitos también lo hizo, después de levantarse del piso. En la sala había un televisor gigante, casi del tamaño de la pared, en el que se veía a una mujer rodeada por una docena de hombres, dando gritos de dolor. Manchego pensó "Deber ser algún tipo de exorcismo".
"Vamos arriba" subió las escaleras con rapidez felina. Carlitos agradeció que esta vez no lo haya golpeado y la siguió lo más rápido que pudo. Encontraron refugio en una habitación oscura, fría, llena de cajas y cajas. "Esperen" Carlitos tomó una de ellas y la llevó a la ventana, a la luz de la luna "Este es mi regalo, el ninja robot que le pedí a mi mamá ¿Qué hace aquí?".
"Ese maldito" Estela tenía las cosas claras "Nos robó la navidad para quedársela él. Carlos, dame lo que te pedí". El muchacho vertió todas las cosas de su mochila en el suelo. La mayoría eran témperas escolares que sacó a escondidas de la librería de su tío. La sábana la sacó de su cama, estaba algo sucia, pero eso no se lo diría a Estela, no podía imaginarse lo que sería capaz de hacerle.
Cuando ella terminó de pintarse y de envolverse, era una figura de ultratumba "El fantasma de la navidad futura ¿Qué les parece?".
"Das... miedo" dijo Manchego sin ocultar su nerviosismo.
"Pues será mejor que se te pase, porque a ti te toca hacer los efectos, gordito".
Desde la escalera lo podían ver, estaba sentado frente al televisor, viendo ese programa de exorcismos en el que ahora también exorcizaban perros, y algo le debía estar picando entre las piernas, porque no dejaba de rascarse con furia en esa parte. Estela comenzó a bajar los escalones lentamente, levantando un poco la sábana para no tropezarse. Una vez abajo, giró para darle una mirada a Manchego. Era el momento. De su mochila sacó la radio portátil que su padre normalmente usaba para escuchar los partidos en su taller y presionó el botón de Play. Un rugido de león salió de los parlantes. "No, ese no es, la que sigue". Presionó en Next y se escuchó un sapo croar. "No, la tormenta está en la..."
"Dame eso" Carlitos tomó el aparato y lo pateó con todas sus fuerzas, hizo trizas la araña que alumbraba la sala y de rebote se bajó una vitrina con botellas de vino.
El pastor se puso en pie de forma violenta, su mano derecha todavía sosteniendo sus partes privadas y la izquierda con el dedo en el gatillo de la escopeta. La bata completamente abierta. Y en medio de la penumbra vio esa pequeña parca que la muerte envió por su alma. No gritó únicamente porque su impresión fue más fuerte que su miedo.
"No, tú no" dijo, casi al borde de las lágrimas.
"Sí, soy yo" Estela movía sus brazos de manera hipnotizante "Pastor Linares, has hecho infeliz a mi familia... digo, a muchas familias, y hoy es tiempo de..."
"No, yo te traté con cariño, no quise hacerte daño... no es mi culpa..."
Estela no entendía qué demonios estaba diciendo, pero lo veía arrepentido y quiso presionar más.
"¡Tienes que pagar!
"No es mi culpa..." Linares volvió a tomar asiento.
"Vas a devolver los juguetes que te robaste, vas a dejar que adornemos nuestras casas, ya no harás vigilias tan largas..." Dio un par de órdenes más antes de darse cuenta de que el pastor acababa de volarse los sesos de un disparo. "Emmm... muchachos..."
Dos horas después la policía encontró partes del cuerpo de una niña de nueve años dentro del refrigerador. Linares se la había estado comiendo en un intento enfermo por borrar las evidencias de su crimen. Lo curioso es que nadie encontró los juguetes donados. Y también faltaba un auto.
Nadie sabe muy bien qué pasó esa noche, pero hasta el día de hoy hay quienes dicen haber visto a tres niños en un vehículo robado repartiendo regalos en navidad a los más necesitados.
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