Guachiman de sueños [Parte I: At the very beginning]

Mi primera incursión en el rubro de la seguridad privada se dio de manera informal, hasta inhumana podría decir. Estaba mirando uno de esos tableros de anuncios en los que todo buen perdedor alguna vez ha buscado trabajo y lo encontré. Un comité vecinal necesitaba vigilantes para su urbanización y no pedían ningún requisito más allá de ser lo suficientemente idiota como para dar la vida por menos del sueldo mínimo. 

Y yo era ese idiota.


At the very beginning...

No había agencia de por medio, ni papeles ni formalismos, el trato era directo con los tres ancianos que dirigían el comité (porque tenían más tiempo libre, supongo), ellos me recibieron con los brazos abiertos y me explicaron la situación.

Santa Eulalia era una bonita urbanización ubicada al sur de Lima y habitada principalmente por familias de pequeños empresarios y una infinidad de viudas solitarias, tenía su propia parroquia, su propio mercado, amplias área verdes, etc., pero también tenía un pequeño problema: NO ERA ZONA PRIVADA.

Los vecinos, mediante diversos "donativos" otorgados a la Municipalidad, habían logrado que les dieran permiso para poner rejas en cada una de las entradas al vecindario, sin embargo, no podían negarle el paso a nadie, no tenían ese derecho.

Mi trabajo entonces, el trabajo más cojudo que haya hecho en mi vida, consistía en abrir la reja para que pase cualquiera, y luego volverla a cerrar.

No sé, creo que suponían que con el simple hecho de tenerme ahí ya iba a espantar a los ladrones. No podían estar más lejos de la realidad. Yo no espantaba a nadie.

No tenía uniforme, apenas una gorra vieja con la palabra "Seguridad" escrita encima, y como no quería gastar mi ropa nueva, iba de la manera más lacra que podía. Mis únicas armas eran un silbato y la cadena de mi llavero. Y como era verano, los jefes me obligaban a usar una maldita sombrilla playera que tenía que clavar en la tierra. Así que más parecía un gordo webon al que de repente se le ocurrió tomar el sol en medio de la calle, no un agente de seguridad.

Ah, sí, también me dieron una oficina...


Era una caseta en la que apenas entraba una silla. Ahí apretujado me sentaba a comer lo que traía de mi casa o lo que me daban los vecinos, cuando me daban algo.

Ese era otro tema... 

Los vecinos habían quedado en "apoyarme" con los almuerzos, que cada uno se turnaría para darme comida o por lo menos unas monedas para ir a un restaurante. Ese sistema nunca funcionó. Yo tenía que ir a buscarlos, tocarles la puerta y decirles con mi mayor cara de tristeza "Mi almuerzo, por favor". Era mendigar, prácticamente. La mayoría de veces me daban lo que raspaban del fondo de la olla. Con suerte me echaban unas monedas.

Un día me agarró un fuerte dolor de estómago, tuve que ir corriendo hasta el mercado y pagar para que me dejaran entrar al baño. Salí después de media hora. Y regresé otra media hora después. Y otra. Y otra. Unas cinco veces. Desde ese día preferí llevar mis propios alimentos, aunque eso significara reducir mis ganancias.

La fuerza...

Pero no estaba solo en mi absurda lucha por la supervivencia. En la otra esquina se encontraba Paco, un supuesto militar de vacaciones que decía estar ahorrando para entrar en la escuela de oficiales. En realidad tenía más apariencia de pirañita de barrio. Siempre estaba hablando de mujeres. Tenía su caseta llena de revistas para adultos.

Del lado del parque se encontraba el señor Hugo, un anciano sesentaitantos años que dormía más de lo que vigilaba. La única razón por la que no lo despedían era porque no había mucha gente que quisiera tomar su lugar. Nadie estaba muy seguro de cuanto tiempo llevaba en ese puesto.

En la "unidad movil" se encontraba Luis, un muchacho recién venido de la selva, el más joven del grupo. Su misión era dar vueltas en bicicleta por todo el vecindario y tocar el silbato en cada esquina. También era un gran fan del DOTA y a veces me dejaba cuidando la bici mientras iba a jugar un rato en las cabinas para desestresarse.

Ok, sí, me estoy inventando los nombres, no me acuerdo cómo se llamaban, pero nos llevábamos bien y nos ayudábamos en lo que podíamos. Recuerdo un momento en particular en el debimos trabajar en equipo. O algo parecido.


El caso de la jardinera durmiente...

Una tarde llegó Luis en su bicicleta, con el rostro preocupado. Le pregunté qué pasaba y no me lo podía explicar bien. Me dijo que lo siguiera y fui detrás de él. Llegamos a una casa grande, blanca, con un jardín que se notaba cuidado con esmero. "Ahí está" me dijo señalando los arbustos. Efectivamente, ahí había algo, alguien, durmiendo entre flores y botellas de cerveza. Era un hombre. Con tetas. Pero un hombre. Levanté la mirada hacia la ventana de la casa y pude notar el rostro asesino de la dueña. O se iba la bella durmiente o nos íbamos nosotros, eso quedaba claro.

Di media vuelta y salí a la avenida. Luis me miraba asustado, tal vez creyendo que lo estaba abandonado a su suerte. Por un momento lo pensé, créanme, pero justo pasó un policía motorizado e increíblemente se detuvo ante mi llamado. Parece que los vecinos también le habían hecho colaboraciones a la policía local para que fueran un poco más atentos con ellos.

Lo llevé al jardín y le pregunté qué debíamos hacer. Tampoco lo sabía. "Mover a esta gente es complicado, te demandan si les haces algo". La señora de la casa no soportó más y salió a discutir con el policía. A gritos. Pronto se hicieron presentes el club de viejas chismosas del barrios, el cura de la parroquia, los monaguillos, los vendedores del mercado, un equipo de fútbol, Paco, hugo... Al final hicimos tanto ruido que el indeseado se levantó por sí mismo y se fue a dormir a otro lugar.

"Oye, qué buenas tetas" dijo Paco.

Y esa fue nuestra gran aventura. Por lo demás, seguía siendo un oficio bastante aburrido, y estresante.

Los días pasan...

Esa gente me demostró que mientras más dinero tienes, más miedo tienes de perderlo. Al día venían a mi caseta dos o tres ancianas que denunciaban haber visto "negros feos" rondando su propiedad. Era una locura si un desconocido estacionaba su auto cerca, aunque sólo fuera para comprar en una tienda, los vecinos salían a decir que de seguro era un auto robado o que estaban esperando para secuestrar a alguien. Una vez a un taxista se le malogró el motor en medio del barrio y por poco llaman al ejército.

Para hacer que se sintieran más seguros, y tratar de justificar en algo mi sueldo, traje un cuaderno viejo, de los que usaba en la escuela, y les dije que ahí anotaría las placas de los vehículos que entraran. Eso hice los primeros días. Luego usé el cuaderno para camuflar revistas, periódicos, libros. Leí bastantes obras, eso me ayudó a sobrevivir.

Y por un momento pensé que las cosas iban a salir bien. Hasta que me mandaron al turno noche.


Comentarios

  1. De todos tus artículos, definitivamente este es uno de mis favoritos. Por favor, te ruego que publiques lo que te pasó en el turno noche apenas puedas. Gracias por hacer que vuelva a leer.

    Gian Medina.

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